—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muerte de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad de que venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!
Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a declarar.
Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas, cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama; puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, os dirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.
Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome en convencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo de todo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.
Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allí en el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel, con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a ella.
—Sí, ya sé—respondió al oír mis argumentos.—Todo es mío salvo esa bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que, desgraciadamente, se ha perdido.
—Usted debe ayudarme a recuperarla—insistí.—Está en nuestros mutuos intereses hacerlo así.
—Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor Greenwood—respondió.—Después que partió usted para Italia, yo hice registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados, con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo ha sido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.
Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otro de los enemigos de Blair.
Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto del pasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de disgusto o antipatía.