Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor de su padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad, tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.

Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca posible.

—¿Por qué?—me interrogó.

—Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar ese puesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, a poner esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que le temía.

—Si—suspiró en voz baja.—Usted tiene razón, señor Greenwood. Está absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi padre.

Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo a este misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente, viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía a un lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.

A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó a la puerta, entró y me entregó una tarjeta.

Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—Esto sí que es gracioso, viejo—grité, volviéndome a mi amigo.—Aquí tenemos a Dawson en persona.

—¡Dawson!—tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el monje.—Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser extraordinariamente perspicaz.