—Déjamele a mí—le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:
—Haga pasar adelante a ese caballero.
Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo tiempo bajo el disfraz de italiano.
Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos, exclamó, con una sonrisa:
—Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo Dawson, Ricardo Dawson.
—Y yo soy Gilberto Greenwood—dije con cierta frialdad.—Mi amigo, aquí presente, se llama Reginaldo Seton.
—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por desgracia, fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla de brazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.
Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en su tipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter. De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mi juicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su aspecto general era el de un hombre serio y observador.
Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y un par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista. Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado delante de nosotros.
—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo como disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos labios,—es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la administración de los asuntos de su hija.