—Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder—indiqué yo.

—De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse de ella—convino Reginaldo.—Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento en el tren. No me gusta el individuo, aparte de su alias y secreta amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blair lo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la pobre Mabel.

—Mejor es que no trate de ofenderla—exclamó ferozmente.—Tengo que cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que no caiga en las manos de ese aventurero.

—Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?

—Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, si se hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su expulsión de la buena sociedad.

Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando el fuego pensativamente.

—¡Por Job!—exclamó, después de una breve pausa.—¿Si será eso así?

A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor, donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me esperaba.

—¿Qué es lo que hay?—le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.

—Nada grave—me contestó riendo.—Es que tengo una nueva muy buena para usted.