Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Lo que era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos.
Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de un problema más interesante o enigmático.
En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima de la mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.
Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobre la alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones de sorpresa.
La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.
XIV
LA OPINIÓN DE UN PERITO
Sobre la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y desengaño.
Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa bolsa-tesoro de gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón duro, manoseados y bastante gastados, pero nuestra curiosidad se despertó instantáneamente cuando me agaché, alcé una de ellas y descubrí ciertas letras escritas con tinta obscura medio borrada, similares a las que había en la carta que tenía ya en mi poder.
Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras, reproduzco una copia de ella enfrente.