—¡Qué extraño!—exclamó Mabel, tomando la carta y examinándola atentamente.—Debe ser algún enigma cifrado, igual al otro que encontré dentro de un sobre sellado en la caja de hierro.

—No hay duda—dije yo, al notar, mientras estaba agachado, recogiendo el resto del paquete,—que todas ellas, tanto por el anverso como por el reverso, tenían catorce o quince letras escritas, en tres columnas, todas, por cierto, enteramente ininteligibles.

Las conté. Formaban un paquete de treinta y una cartas, faltando el as de copas, que habíamos encontrado antes. Debido a haberlas llevado siempre consigo, el roce constante y durante tanto tiempo, había gastado las puntas y los filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya mucho.

Ayudado por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente atontado por aquellas columnas de letras que demostraban que algún profundo secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible descifrar.

En el anverso del as de bastos había tres columnas paralelas, de cinco letras cada una, colocadas en esta forma:

E H N
W E D
T O L
I E H
W H R

Luego, di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas catorce letras:

Q W F
T S W
J H U
O F E
Y E

—¿Qué significará todo esto?—exclamé, examinando cuidadosamente, a la luz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan torpe e inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda, debían haber sido hechas por una mano sin educación. Las A denotaban una forma de letra extranjera más que inglesa, y el hecho de que algunas cartas estaban escritas por el anverso y otras por el reverso, parecía indicar que había algún significado oculto. Fuese lo que fuese, aquello se presentaba como un problema enigmático e intrincado.