Le pregunté la razón que tenía para desear ir a Mayvill hasta sin una doncella, pero se excusó diciendo que quería ver si estaban bien cuidados los otros cuatro caballos de caza por el encargado del stud, como también para hacer un registro completo en el estudio de su padre, por si quedaban allí papeles importantes o íntimos. Ella tenía las llaves en su poder, y deseaba hacer esto antes de que ese hombre odioso ocupase su puesto.

Esta indicación, inventada evidentemente como excusa, me pareció que debía efectuarse sin más demora; pero era tan claro que deseaba ir sola, que al principio vacilé ofrecerle mi compañía. Nuestra amistad era de un carácter tan íntimo y estrecho, que podía, por cierto, hacerle esa proposición sin salirme de los limites propios; sin embargo, resolví tratar de saber primero el motivo tan poderoso que tenía para desear viajar sola.

Pero Mabel era una mujer inteligente, y no tenía intención de decírmelo. Se conocía que la dominaba un deseo secreto de ir sola a esa espléndida mansión de campo que era ahora de su propiedad, y que no quería que la señora Percival la acompañase.

—Si va a registrar la biblioteca, ¿no sería mejor, Mabel, que yo la acompañase y ayudara?—le indiqué al fin.—Esto es, por cierto, si usted me lo permite—añadí disculpándome.

Quedó silenciosa un momento, como quien está ideando un medio de resolver un dilema; después me respondió:

—Si quiere usted venir, para mí será un verdadero placer. Sí, debe ayudarme, porque puede ser que descubramos la clave del enigma cifrado de las cartas. Mi pobre padre, medio mes antes de morir, estuvo allí unos tres días.

—¿Y cuándo partiremos?

—A las tres y media, de la estación Paddington. ¿Será cómodo para usted? Vendrá conmigo y será mi huésped.

Y se rió picarescamente al ver cómo se rompían las conveniencias, y no se tenía en cuenta el probable disgusto que le causaría a la señora Percival.

—Muy bien—asentí; y diez minutos después la acompañaba hasta abajo y le hacía subir, sonriendo dulcemente, en su elegante victoria, cuyo cochero y lacayo vestían ahora de luto.