—Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña, ni le conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primera vez sus pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, no nos dejan solas ni libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. No importa que seamos tan feas como una bruja o tan bellas como Venus, tenemos que estar amarradas a alguna mujer de edad, que muy frecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado como la ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, que le hable tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernos de la sociedad son todos fingidos y engañadores.
—Parece que hoy no está usted con muy buen humor—observé, sin poder dejar de sonreírme.
—No, no lo estoy—confesó.—La señora Percival está haciéndose muy pesada. Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar ir sola.
—¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?
Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.
—¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola—replicó tratando de convencerme.—Lo que yo objeto es la necedad de quererme impedir que viaje sola como cualquiera otra joven lo hace. Si una doncella tiene la libertad de hacer sola un viaje por ferrocarril, ¿por qué no puedo yo hacerlo también?
—Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y una sirvienta no necesita eso.
—Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta en suerte—declaró de una manera que me hizo comprender que algo la debía haber incomodado.
Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival le hubiera consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que tenía alguna razón secreta para no querer que su respetable compañera fuera con ella.
—¿Qué podría ser?—cavilaba yo.