—La señorita Blair, señor—me anunció Glave al día siguiente, un poco antes de las doce. Me encontraba solo en mi pieza particular, fumando y completamente confundido en la empresa de resolver el problema de las cartas del muerto.

De un salto me puse en pie para recibir a Mabel, que estaba encantadora y muy elegante con sus ricas y abrigadas pieles.

—Supongo que si la señora Percival supiera que he venido sola aquí, me daría una grave conferencia sobre la impropiedad de venir a visitar a un hombre en sus habitaciones—me dijo riendo, después que la saludé y cerré la puerta.

—Casi se puede decir que es la primera vez que me ha honrado con una visita, ¿no es así? Y me parece que no necesita inquietarse mucho por lo que piense la señora Percival.

—¡Oh! cada día está más rígida—refunfuñó Mabel.—No debo ir aquí, ni tampoco allá; se asusta de que hable con este hombre o con aquel otro, y así todo por el mismo estilo. Verdaderamente, me voy cansando de esto, le aseguro—declaró, sentándose en la silla que yo acababa de desocupar, desprendiendo el cuello de su pesada capa de pieles y acercando su precioso pie al fuego de la chimenea.

—Pero ha sido para usted una amiga muy buena—le argumenté.—Según lo que yo he podido ver, ha sido la más cómoda de las damas de compañía.

—La verdaderamente modelo es aquella que desaparece por completo cinco minutos después que ha entrado en la habitación—manifestó Mabel.—Y es justo que le conceda a la señora Percival lo que le corresponde, porque ella nunca se ha prendido de mí en los bailes y reuniones, siempre me ha dejado en libertad, y si me ha encontrado sentada en algún punto retirado y obscuro, ha tenido a mano un pretexto para dirigirme a otra parte. Sí—suspiró,—supongo que no debo quejarme cuando recuerdo esas viejas regañonas en cuyo poder están otras niñas. Por ejemplo, lady Anetta Gordon y Violeta Drummond, dos preciosas niñas que se han estrenado en esta última season, sufren verdaderas torturas con esas viejas brujas que las acompañan a todas partes. Ambas me han contado que no pueden levantar los ojos para mirar a un hombre, sin que al día siguiente tengan que soportar una dura conferencia sobre las maneras corteses y la modestia propia de una niña.

—En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por qué lamentarse. Su pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy seguro de que la señora Percival, aun cuando algunas veces pueda parecer un poco rígida, sólo lo hace por su bien—le dije con toda franqueza, de pie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa figura.

—¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa—exclamó, con una sonrisa.—Siempre solía usted decir eso cuando estaba en el colegio.

—Lo era, hablándole con sinceridad—contesté abiertamente.