—Así es—rió el profesor.—A simple vista parece el más sencillo de todos los métodos de cifras, y, no obstante, es completamente ininteligible, salvo que se conozca la fórmula exacta en que está escrita. Cuando se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan las cartas en el orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando una letra de cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajo una columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en el lugar de los espacios.
—¡Ah!—exclamé ansiosamente.—¡Cuánto deseo conocer la clave!
—¿Entonces es un secreto muy importante?—preguntó Bayle.
—Sumamente importante—respondí.—Es un asunto reservado que ha sido puesto en mis manos, y que estoy obligado a resolver.
—Me temo que nunca pueda conseguirlo, salvo que exista la clave, como ya le he dicho. Es demasiado difícil para que yo trate de hacerlo. Las complicaciones, que parecen de construcción tan sencilla, protegen eficazmente el secreto de toda solución posible y lo garanten de cualquier peligro. Por lo tanto, todos los esfuerzos que se hagan para descifrarlo sin conocer el orden en que estuvieron las cartas, será necesariamente inútil.
Volvió a colocarlas dentro del sobre y me las entregó, sintiendo no poderme ayudar en nada.
—Podrá intentar descifrarlo todos los días durante años y años—declaró,—y no conseguirá aproximarse a la verdadera solución. Está demasiado bien protegido para poderlo resolver por casualidad, y es, en verdad, la cifra más ingeniosa y segura que haya ideado el ingenio de un hombre.
Me quedé un rato más y tomé una taza de té con él; pero a las cuatro y media entraba en el expreso y partía para Londres, decepcionado de mi viaje completamente estéril. Dado lo que me había explicado, el secreto se hacía más impenetrable e inescrutable que nunca.
XV
CIERTAS COSAS QUE DESCUBRIMOS EN MAYVILL