Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un colegio preparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito en estas cuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no perder tiempo en ir allí y conocer su opinión.
A mediodía tomé el tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media me encontraba sentado con él en su pieza particular del colegio. Era un hombre de regular edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia, que con frecuencia había ganado premios en los varios certámenes de competencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que parecía haber aprendido de memoria el Diccionario de citas familiares, de Bartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar enigmas era incomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto sobre el cual deseaba me diese su opinión.
—¿Puedo ver las cartas?—me preguntó, sacando la pipa de su boca y mirándome con cierta sorpresa, según me pareció.
Mi primer impulso fue negarme a mostrárselas, pero después recordé que era uno de los más grandes peritos que había en estas materias, y, por consecuencia, saqué el pequeño paquete del sobre en que lo había puesto.
—¡Ah!—exclamó en el momento que las tuvo en su mano y las recorrió rápidamente.—Este es el más complicado y difícil de los enigmas cifrados, señor Greenwood. Estuvo en boga durante el siglo xvii en España e Italia, y después en Inglaterra, pero en los últimos cien años, o más, parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su gran dificultad.
Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa todas las cartas, y se entregó a largos y complicados cálculos entre las pesadas bocanadas de humo que despedía su pipa.
—¡No!—exclamó al fin.—No es lo que yo esperaba. Por medio del sistema de deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar de descifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre la clave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que un escritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas cifradas como éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones de posibles arreglos y combinaciones.
—¿Pero cómo está escrita la cifra?—pregunté muy interesado, aun cuando abatido al ver que no podía ayudarme.
—Del siguiente modo—replicó.—El autor del secreto decide lo que quiere dejar registrado, y entonces arregla las treinta y dos cartas en el orden que desea. Después escribe las primeras treinta y dos letras de su registro, recuerdo, o lo que sea, en el anverso o reverso de las treinta y dos cartas, una letra en cada una consecutivamente, empezando por la primera columna, y siguiendo luego por las columnas segunda y tercera, por su orden, hasta que pone la última letra de la cifra. Se suelen también colocar en el lugar de los espacios ciertas letras, y algunas veces el enigma se hace todavía más difícil de descifrar para el que por casualidad encuentra las cartas, cuando se las baraja de una manera especialmente arreglada al llegar a la mitad de lo que se está escribiendo.
—¡Muy ingenioso!—observé, completamente confundido por la extraordinaria complicación del secreto de Burton Blair.—¡Y, sin embargo, las letras están escritas con tanta claridad!