Gibbons y su esposa, viejos servidores de los antiguos dueños, estaban algo sorprendidos, según me pareció, de ver que yo solo había venido en compañía de su joven ama, a pesar de que Mabel les había explicado que deseaba hacer un examen de todos los objetos pertenecientes a su padre que había en la biblioteca, y que por esa razón me había invitado para que la acompañara.

Sin embargo, debo, por mi parte, confesar que yo no había sacado aún ninguna conclusión respecto al móvil verdadero de aquella visita; a pesar de que estaba convencido de que había en ello algún motivo ulterior, que no podía, empero, ni sospechar.

Después de cenar, la señora Gibbons condujo a mi linda compañera a su pieza, mientras Gibbons me mostró la que había preparado para mí. Era una gran habitación situada en el primer piso, cuyas ventanas daban amplia vista sobre los ondulados prados que se extendían hasta Wormsley Hill y Sarnesfield. Ya en varias ocasiones anteriores había ocupado esta misma pieza, y la conocía bien, con su gran cama antigua, tallada, de cuatro pilares, sus anticuados tapices y colgaduras, cómodas y guardarropas de estilo rey Jacobo y su cielo raso de roble bruñido.

Después de hacerme una ligera toilette, volví a reunirme en la biblioteca con mi elegante y delicada joven huéspeda. Era una gran pieza larga y antigua, donde ardía un brillante fuego, y las lámparas estaban suavemente sombreadas con pantallas de seda amarilla. De un extremo a otro se veían las hileras de libros con sus lomos grises, los que probablemente hacía medio siglo que no habían sido tocados.

Después que Mabel me permitió fumar un cigarrillo y le dijo a Gibbons que deseaba que nadie la viniese a molestar durante una hora o más, se levantó y cerró con llave la puerta, para que pudiéramos emprender el trabajo de investigación sin que sufriéramos interrupción alguna.

—No sé si descubriremos algo que sea de interés—dijo, volviendo sus hermosos ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimir al dirigirse al gran escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de su padre.—Supongo que esta tarea le incumbe al señor Leighton—añadió,—pero prefiero que usted y yo echemos una mirada a los asuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con sus ojos escudriñadores.

Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseaba ocultar al abogado.

El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de roble tallado, y al abrir ella el primer cajón y sacar lo que contenía, acerqué dos sillas y me puse a ayudarle, con el fin de hacer un examen metódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría, cartas de amigos y correspondencia con abogados y comisionistas de la City, que le hablaban sobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, por algunas que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que había obtenido de ciertas negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras en otras se hacían alusiones a asuntos que para mí eran sumamente enigmáticos.

La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documento que cree que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas; no hacía más que examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Así fuimos registrando un cajón tras otro hasta que vi en su mano un gran sobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el siguiente letrero, escrito por su padre:

«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.—Burton Blair.»