—¡Ah!—murmuró casi sin resuello,—¿qué contendrá esto?—E impacientemente, rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escrita con letra muy junta, a la cual estaban ligados con un broche varios otros papeles.

También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa me encontré con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que se conservaba por estar adherida a un pedazo de lienzo. Representaba un paisaje de encrucijadas en una región campestre llana y más bien desolada, con una casita solitaria, que probablemente había sido en un tiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilla del camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado de reja. Delante de la puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosas trepadoras, y fuera, sobre un lado del camino, un viejo sillón Windsor, que parecía que acababa de quedar desocupado.

Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muerto leía rápidamente el documento que su padre había escrito.

De pronto lanzó un grito de espanto, como horrorizada por algún descubrimiento que había hecho, y, sobresaltado, me di vuelta para mirarla. Su rostro había cambiado completamente; hasta los labios tenía blancos.

—¡No!—tartamudeó enronquecida.—¡No... no puedo creerlo... no quiero creerlo!

Otra vez miró el papel que tenía en la mano para releer esas fatídicas líneas.

—¿Qué es lo que hay?—inquirí ansiosamente.—¿Puedo saberlo?—Y me acerqué adonde ella estaba.

—No—respondió con firmeza, colocando el documento detrás.—¡No! ¡Ni usted debe conocer esto!—Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos, arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.

Las llamas se elevaron, y un momento después, la confesión del muerto, si tal cosa era, quedó consumida por ellas y desapareció para siempre, mientras su hija estaba de pie, macilenta, rígida y pálida como una muerta.

XVI