EN EL QUE SE CONFIRMAN DOS HECHOS CURIOSOS
Aquella acción súbita e inesperada de Mabel me sorprendió y disgustó, porque yo había creído que nuestra amistad era de una naturaleza tan íntima y estrecha, que me hubiera permitido, por lo menos, dar una mirada a lo que había escrito su padre.
Sin embargo, cuando reflexioné un momento después que el sobre había sido especialmente dirigido a ella, comprendí que su contenido había sido destinado expresamente para que sólo sus ojos lo vieran.
—¿Ha descubierto algo que la ha trastornado?—le pregunté, mirando fijamente su cara pálida y arrugada.—Espero que no sea nada muy desconcertador.
Contuvo la respiración un momento, con su mano puesta instintivamente sobre su pecho, como si hubiera querido tranquilizar los fuertes y violentos latidos de su corazón.
—¡Ah! desgraciadamente lo es—replicó.—Ahora conozco la verdad, la verdad terrible... espantosa.
Y, sin añadir una palabra más, se cubrió el rostro con sus manos y estalló en un mar de lágrimas.
Estuve en el acto a su lado tratando de consolarla, pero pronto me di cuenta de la impresión profunda de horror y espanto que habían producido en ella esas palabras escritas por su padre. Su dolor era inmenso; todo su ser estaba embargado por una pena inconsolable.
El silencio que reinaba en aquella pieza larga y anticuada, era interrumpido sólo por sus amargos sollozos y por el solemne tic-tac del gran reloj antiguo que había en el extremo más lejano de la habitación. Mi mano se apoyaba tiernamente sobre el hombro de la pobre niña, pero transcurrió un largo rato antes de que pudiera conseguir que enjugase sus lágrimas.
Cuando lo hizo, vi por su semblante, que había cambiado y era otra mujer.