Volvió junto a la mesa-escritorio y alzó el sobre, leyendo por segunda vez la inscripción que Blair había escrito sobre él, y luego sus ojos se fijaron en la fotografía de la casa solitaria situada cerca de las encrucijadas.
—¡Qué!—exclamó, sobresaltada,—¿dónde ha encontrado esto?
Le expliqué que había caído del sobre; entonces la tomó y la miró un largo rato. Después, dándola vuelta, descubrió algo que yo no había notado: escritas débilmente con lápiz y medio borradas, se leían las siguientes palabras: «Encrucijadas de Owston, 9 millas más allá de Doncaster, sobre el camino Selby.—B. B.»
—¿Sabe usted lo que es esto?
—No, no tengo la menor idea—respondí.—Debe ser algo que su papá cuidaba mucho. Parece muy gastada, como si alguien la hubiera llevado guardada en el bolsillo.
—Bien, entonces yo se lo diré—me dijo.—No tenía idea de que aún la conservara, pero creo que la ha guardado como un recuerdo de esos fatigosos viajes a pie del lejano pasado. Esta fotografía representa el sitio que andaba buscando por toda Inglaterra—añadió, conservándola todavía en su mano.—No tenía más que esta instantánea por guía, y, por lo tanto, nos vimos obligados a recorrer de arriba abajo todos los caminos reales del país, con el fin de encontrar el punto buscado. No fue hasta casi un año después que usted y el señor Seton tuvieron la generosidad de ponerme en la escuela, en Bournemouth, cuando mi padre consiguió descubrir lo que había andado buscando durante tres largos años, pues él siguió solo sus fatigosas excursiones. Una noche de verano consiguió, por fin, identificar las encrucijadas de Owston, y encontró viviendo en la casa a la persona que había buscado tan empeñosamente y con tanto sacrificio.
—Es curioso—exclamé yo.—Cuénteme más al respecto.
—Nada más hay que contar, salvo que, debido al descubrimiento de la casa, obtuvo la clave del secreto; a lo menos, eso es lo que yo le he entendido siempre que ha hablado de esto—contestó.—¡Ah! recuerdo bien aquellas interminables y cansadoras caminatas cuando niña; cómo recorríamos esos largos, blancos e inacabables caminos, con sol y con lluvia, envidiando a la gente que iba en coches y en carros, a hombres y mujeres que andaban en bicicletas, y, sin embargo, mi valor se sostenía siempre con las palabras de aliento de mi padre y su declaración de que algún día habíamos de poseer una gran fortuna. Esta fotografía la llevaba constantemente consigo, y en casi todas las encrucijadas la sacaba, examinaba el paisaje y lo comparaba, sin saber, por cierto, si la vieja casa había sido derribada después de sacada la instantánea.
—¿No le dijo nunca la razón que tenía para desear tan empeñosamente visitar esa casa?
—Solía decirme que el sujeto que vivía en ella, el mismo que tenía por costumbre sentarse en las tardes de verano en la silla colocada en el exterior de la casa, era su amigo, aun cuando hacía mucho tiempo que no se veían y éste ignoraba si mi padre vivía aún. Creo que habían sido amigos en el extranjero, cuando mi padre había andado navegando.