—¿Y la razón que tenía su papá para estos constantes viajes errantes era identificar dicho paraje?—exclamé, contento de haber aclarado al fin un punto, que, durante cinco años o más, había sido un verdadero misterio.

—Sí. Un mes después que hubo conseguido su anhelado objeto, vino a Bournemouth a verme, y me dijo en confianza que su dorado sueño de poseer una gran fortuna estaba próximo a realizarse. Había resuelto el problema, y dentro de una o dos semanas esperaba tener abundantes recursos. Casi inmediatamente después de esto desapareció, y estuvo ausente un mes, como usted recordará. Al cabo de ese tiempo volvió rico; tan rico, que usted y el señor Seton se quedaron enteramente confundidos. ¿No recuerda usted esa noche que estábamos en Helpstone, cuando salí por una semana de la escuela para estar con mi padre, porque acababa de volver de su viaje? Nos habíamos reunido todos después de la comida y mi pobre padre recordó la vez aquella en que también allí mismo nos habíamos congregado con otro objeto, cuando me enfermé en el camino y fui traída a la casa de ustedes. ¿Y no recuerda que el señor Seton pareció poner en duda la afirmación de mi padre, que declaró tener ya una fortuna de cincuenta mil libras?

—Lo recuerdo—repliqué, al encontrarse sus hermosos ojos puros con los míos.—Recuerdo bien cómo su padre nos dejó completamente confundidos cuando bajó y trajo su libro de cuentas de un banquero, que probaba tener un balance a su favor de cincuenta y cuatro mil libras esterlinas. Después de esto fue para nosotros un misterio más grande que nunca. Pero dígame—añadí en voz baja y ansiosa,—qué ha sido lo que ha descubierto esta noche que tanto la ha impresionado?

—Casi he encontrado la prueba de un hecho que durante años he temido que fuera cierto; un hecho que no sólo afecta la memoria de mi pobre padre, sino que también me afecta a mí. Estoy en peligro... sí, en peligro personal.

—¿Cómo?—le pregunté rápidamente, sin comprender el significado de sus palabras.—Recuerde que yo le prometí a su padre ser su protector.

—Lo sé, lo sé. Es mucha bondad la suya—dijo, mirándome agradecida con esos maravillosos ojos que siempre me habían tenido fascinado por el hechizo de su belleza.—Pero—añadió, sacudiendo tristemente su cabeza,—me temo que en esto sea usted impotente. Si el golpe cae, como tiene que suceder más tarde o más temprano, seré aplastada y quedaré perdida. No hay poder que pueda entonces salvarme; ni aun su fiel y noble amistad me servirá.

—Ciertamente, Mabel, que habla usted de una manera muy extraña. No la entiendo.

—Así lo creo—fue su contestación breve.—Usted no lo sabe todo. Si lo supiera, comprendería cuán arriesgada es mi posición y qué grande es el peligro que me amenaza.

Estaba de pie, inmóvil como una estatua, su mano apoyada en un ángulo del escritorio y sus ojos fijos en el alegre fuego.

—Si el peligro es tan grande y verdadero, creo que debo saberlo. ¡Estar prevenido es estar preparado!—le observé decisivamente.