—Es bien real y grande, pero como la confesión de mi padre ha sido sólo para mí, no puedo revelarla. Su secreto es mío.

—Ciertamente—respondí, aceptando su resolución, la cual era natural, dadas las circunstancias. No podía revelar las confidencias de su difunto padre.

Sin embargo, si lo hubiera hecho, ¡cuán diferente hubiese sido el curso de los acontecimientos! Indudablemente, la historia de Burton Blair era una de las más extrañas y románticas que había sido dado a un hombre referir, y las extrañas circunstancias que ocurrieron después de su muerte, fueron, ciertamente, más notables y enigmáticas aún. Todo el asunto, desde el principio hasta el fin, era un enigma completo.

Más tarde, cuando Mabel se hubo tranquilizado algo más, concluimos nuestro trabajo de investigación, pero descubrimos muy poca cosa de interés fuera de varias cartas en italiano, sin fecha ni firma, a pesar de que eran, evidentemente, de puño y letra de Dick Dawson, el amigo... o enemigo, del millonario. Leyéndolas, encontré que era la correspondencia de una relación íntima, que participaba de la fortuna de Blair y le ayudaba secretamente en la adquisición de sus riquezas. Se mencionaba mucho en ellas «el secreto», y descubrí también repetidas advertencias sobre que no debía revelar nada del particular a Reginaldo ni a mí.

En una carta hallé este párrafo en italiano:

«Su hija se está transformando en una verdadera dama. Espero que algún día será condesa, o tal vez duquesa. Sé, por su parte, que Mabel, a su vez, está convirtiéndose en una muy linda joven; y pienso que usted debería, dados su posición y nombre, hacerle contraer un buen enlace. Pero conozco cuán anticuadas son sus ideas al respecto, pues es usted de los que creen que una mujer debe casarse sólo por amor.»

La lectura de estas cartas dejó impreso vívidamente en mí un hecho decisivo, y fue: que si el tal Dawson participaba secretamente de la fortuna de Blair, no tenía necesidad ciertamente de obtener su secreto por medios infames, puesto que lo conocía.

El reloj de la caballeriza dio las doce antes que Mabel llamara a la señora Gibbons, y el esposo de ésta viniese también en seguida, trayéndome un reconfortante whisky y un poco de agua caliente.

Mi pequeña y linda compañera me estrechó alegremente la mano, deseándome buenas noches, y después se retiró, acompañada por el ama de llaves, mientras Gibbons se quedó mezclando mi bebida.

—Triste cosa, señor, lo que le ha sucedido a nuestro pobre amo—se arriesgó a decir el bien enseñado servidor, que toda su vida la había pasado al servicio de los anteriores propietarios.—Me temo que la pobre y joven señorita sienta demasiado el peso de su desgracia.