—Lo siente demasiado, Gibbons—respondí, tomando un cigarrillo y quedándome de pie con la espalda hacia el fuego.—Era una hija muy amante y dedicada a su padre.
—Ahora es la dueña de todo, según nos ha dicho el señor Ford cuando estuvo aquí, hace unos tres días.
—Sí, todo es de ella—le dije;—y espero que usted y su esposa la servirán tan fielmente y tan bien como lo han hecho con su padre.
—Trataremos de hacerlo, señor—fue la respuesta del grave servidor, de cabello gris.—Todos la quieren mucho a la señorita, que es hoy nuestra joven ama. Es muy buena con todos los sirvientes.
Luego, como yo permaneciera silencioso, colocó preparada sobre la mesa mi luz, me hizo un saludo y diome las buenas noches.
Cerró la puerta al salir, y entonces quedé solo en esa gran pieza antigua y silenciosa, donde las movibles llamas proyectaban extrañas sombras y luces en los puntos obscuros, y el viejo y alto reloj Chippendale marchaba tan solemnemente como lo había hecho durante un siglo.
Después de tomar mi bebida caliente, me acerqué de nuevo al escritorio de mi amigo muerto, y lo examiné cuidadosamente para ver si tenía algunos cajones secretos. Lo sometí a un registro metódico, pero como no pude encontrar ninguna cavidad insospechada o botón oculto, después de echar una última mirada a esa fotografía que había hecho andar a Blair vagando extenuado durante meses y años para identificarla, apagué las lámparas y cruzando el gran hall antiguo, con sus armaduras de pie que parecían conjurar visiones de caballeros espectrales, subí a mi pieza.
El brillante fuego le daba a la vieja estancia, con sus colgaduras fúnebres, un aspecto alegre y confortable que contrastaba con la fuerte helada exterior, y no teniendo deseos de dormir todavía, me eché en una silla de brazos y senteme a reflexionar profundamente.
De nuevo el reloj de la caballeriza dio la hora, la media, y creo que después debí dormitar un rato, porque me desperté súbitamente al sentir unos leves pasos furtivos sobre el bruñido piso de roble delante de mi puerta. Escuché, y oí distintamente que alguien se deslizaba suavemente y bajaba por la gran escalera, que crujía muy despacio.
El extraño aspecto de aquella vieja mansión y sus muchas históricas tradiciones produjeron en mí algunos recelos, según parece, pues me encontré pensando en robos, ladrones y visitantes nocturnos. Otra vez me puse a escuchar con toda atención. ¡Quizá no era más que un sirviente, después de todo! Sin embargo, cuando miré mi cronómetro y vi que faltaba un cuarto para las dos, en el acto quedó descartada de mi mente la idea de que los sirvientes no estuvieran ya descansando.