De pronto, en la pieza que quedaba debajo de la mía, oí claramente un ruido lento, áspero y desapacible. Luego, todo volvió a quedar en silencio.

Sin embargo, como unos tres minutos después, me pareció oír un vago murmullo de voces, y entonces, apagando rápidamente la luz, corrí una de las pesadas cortinas de mi habitación, y miré hacia afuera, viendo, con gran sorpresa, dos figuras que cruzaban el prado dirigiéndose hacia el bosque de arbustos.

La luna estaba algo oculta por las nubes, pero a la luz opaca y nebulosa que esparcía, pude distinguir que aquellas dos figuras eran un hombre y una mujer. A él me fue imposible reconocerlo de espaldas; pero el porte y el modo de caminar de su compañera, al encaminarse con paso apresurado hacia el sombrío círculo de obscuros y desnudos árboles, me eran muy familiares.

Aquella era Mabel Blair. El secreto estaba descubierto. Su repentino deseo de venir a Mayvill había sido con el fin de celebrar una entrevista a media noche.

XVII

QUE SE REFIERE PURAMENTE A UN DESCONOCIDO

Sin un momento de vacilación me puse mi sobretodo, cubrí mi cabeza con un gorro de golf y bajé a la pieza que quedaba debajo de la mía, donde encontré abierta una de las grandes ventanas, y por ella salí rápidamente al enarenado camino.

Tenía la intención de descubrir el motivo de esta entrevista nocturna y la identidad de su compañero, que debía ser evidentemente algún novio secreto cuya existencia nos había ocultado a todos. Pero, seguirla derecho a través del prado iluminado por los rayos de la luna, era hacerse descubrir en el acto. Por lo tanto, me vi obligado a dar una vuelta circular y tortuosa, buscando siempre el amparo de las sombras, hasta que al fin llegué al bosque de arbustos, donde me paré y me puse a escuchar ansiosamente.

Allí no se oía más que el suave crujido de las ramas y el triste gemido del viento. Un lejano tren cruzaba el valle, y en algún lugar de la aldea próxima ladraba un perro. No pude, sin embargo, distinguir voces humanas. Lentamente me abrí paso a través de las hojas caídas hasta que hube orillado todo el bosque, y entonces saqué la consecuencia de que debían haberlo cruzado por alguna senda extraviada y luego haber penetrado en el parque.

Mi marcha se hacía más difícil, porque la luna no estaba lo suficientemente cubierta por las nubes para que mis movimientos hubieran quedado protegidos por las sombras, y temía dar a conocer mi presencia si salía a campo abierto.