Pero el proceder de Mabel de venir aquí a verse con este hombre, fuera quien fuera, me llenaba de confusión y embarazo. ¿Por qué no se veía en Londres con él?—cavilaba yo.—¿Sería tan poco presentable este novio, que su aparición en Londres fuese cosa imposible? No es raro ni tampoco una novedad que una niña de buena cuna se enamore del hijo de un labrador, como no lo es que un caballero ame a una campesina.

Muchas niñas bonitas de Londres sienten en la actualidad una secreta admiración por algún joven gañán o un caballerizo buen mozo de la posesión de su padre, encerrándose la gravedad de este amor no declarado en la completa imposibilidad de su realización.

Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventaja posible de la sombra, pero parecía que había tomado una dirección diferente de la que yo había creído, dado que habían partido casi cinco minutos antes que yo.

Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la vieja avenida de hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobre el camino de Dilwyn, y proseguí a lo largo de ella como cerca de media milla, cuando de pronto mi corazón saltó de alegría, porque delante de mí distinguí a los dos que iban a la par conversando animadamente.

Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo que pudieran oír mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, me deslicé detrás de los árboles y tomé por encima del césped del parque, consiguiendo pronto aproximarme casi a la par de ellos sin hacer ruido ni atraer su atención.

Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formaba la salida del lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol, pude entonces, a la luz de la luna, que felizmente había adquirido mayor brillo, ver bien las facciones del misterioso compañero de Mabel. Juzgué que debía tener alrededor de veintiocho años, y me pareció un hombre vulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos amarillos, cuya figura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto, era indudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras y prematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipo marcado de «confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudades provincianas. El sombrero duro de fieltro lo tenía un poco inclinado a un lado, como acostumbran llevarlo en sus paseos de domingo los dandys de barrio y los mozos campesinos.

Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinario desdén y gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en su presencia un cigarrillo ordinario, mientras ella, por su parte, no parecía estar muy tranquila, como si hubiera asistido, más bien obligada, que por su gusto.

Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y una bien ajustada gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y los ojos, medio ocultaba sus facciones.

—Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues—la oí argumentarle.—¿De qué beneficio posible te puede ser semejante acción?

—De mucho—contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda, que llevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto del paisano.—Lo que digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?