—Por cierto—contestó.—Pero ¿por qué me tratas de esta manera? Piensa en el peligro a que me expongo viniendo a verte aquí de noche. ¿Qué pensaría la gente si lo supiera?
—¡Qué me importa a mí de lo que pueda pensar la gente!—exclamó con indiferencia.—Tú has conseguido, no hay duda, guardar las apariencias... pero yo no, felizmente.
—Pero ¿no es verdad que no harás lo que dices en tono de amenaza?—le preguntó, en una voz de verdadero tenor.—Recuerda que nuestros secretos son mutuos. Yo jamás te he descubierto... ni poco ni mucho.
—No lo has hecho, porque sabías cuál sería el resultado, en ese caso—rió con desprecio.—Nunca he confiado en la palabra de una mujer... aseguro que nunca. Ahora que ha muerto el viejo, eres rica, y yo quiero dinero—añadió decisivamente.
—Pero todavía no tengo nada—replicó.
—¿Y cuándo vas a tenerlo?
—No sé. Antes hay que cumplir con todas las formalidades legales; así me lo ha dicho el señor Greenwood.
—¡Oh! ¡maldito sea Greenwood!—estalló el sujeto.—Dicen que siempre está en Londres contigo; pídele a él, entonces, que te haga dar por los abogados un poco de dinero. Puedes manifestarle que estás apurada, pues tienes que pagar unas cuentas, o alguna otra cosa por el estilo. Cualquier mentira será buena para él.
—Imposible, Herberto—contestó, tratando de mantenerse serena.—Debes tener paciencia y esperar.
—¡Oh, sí, ya sé!—gritó.—Dime que soy bueno y fiel como un perro y todas esas cosas; pero debes saber que para mí no es esa clase de juego... ¿me entiendes? No tengo dinero, y debo... mejor dicho, preciso alguno ahora... en el acto... esta misma noche.