MACBETH.
(Aparte.) ¡Ya soy señor de Glámis, y señor de Cáudor! Falta lo demas. (Á Ross y Anguss.) Gracias. (A Banquo.) ¿Crees que tus hijos serán reyes, conforme á la promesa de los que me han hecho señor de Cáudor?
BANQUO.
Esa promesa quizá te haga ambicionar el sólio. Pero mira que á veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdicion envuelta en dones que parecen inocentes. Oidme dos palabras, amigos mios.
MACBETH.
¡Con dos verdades se abre la escena de este drama, que ha de terminar con una corona régia! ¿Es un bien ó un mal este pensamiento? Si es un mal, ¿por qué empieza á cumplirse, y soy ya señor de Cáudor? Si es un bien, ¿por qué me aterran horribles imágenes, y palpita mi corazon de un modo inusitado? El pensamiento del homicidio, más horroroso que la realidad misma, comienza á dominarme y á oscurecer mi albedrío. Sólo tiene vida en mí lo que aún no existe.
BANQUO.
¡Qué absorto y embebecido está nuestro compañero!
MACBETH.
Si los hados quieren hacerme rey, lo harán sin que yo busque la corona.