ROMEO.

¿Qué hago, seguirla oyendo ó hablar?

JULIETA.

No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? No es pié ni mano ni brazo, ni semblante ni pedazo alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no dejaria de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo. De igual suerte mi querido Romeo, aunque tuviese otro nombre, conservaria todas las buenas cualidades de su alma, que no le vienen por herencia. Deja tu nombre, Romeo, y en cambio de tu nombre que no es cosa alguna sustancial, toma toda mi alma.

ROMEO.

Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.

JULIETA.

¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes á sorprender mis secretos?

ROMEO.

No sé de cierto mi nombre, porque tú aborreces ese nombre, amada mia, y si yo pudiera, lo arrancaria de mi pecho.