RODRIGO.

Adios.

(Se va.)

YAGO.

Para mí es seguro que Casio está enamorado de ella, y parece natural que ella le ame. Á pesar del odio que le tengo, no dejo de conocer que es el moro hombre bueno, firme y tenaz en sus afectos, y á la vez de apacible y serena condicion, y creo que será buen marido para Desdémona. Yo tambien la quiero, y no con torpe intencion (aunque quizá sea mayor mi pecado). La quiero por instinto de venganza, porque tengo sospechas de que el antojadizo mozo merodeó en otro tiempo por mi jardin. Y de tal manera me conmueve y devora esta sospecha, que no quedaré contento hasta verme vengado. Mujer por mujer: y si esto no consigo, trastornar el seso del moro con celos matadores. Para eso, si no me sirve este gozquecillo veneciano que estoy criando para que siga la pista, me servirá Miguel Casio. Yo le acusaré ante el moro de amante de su mujer. (Y mucho me temo que ni áun la mia está segura con Casio.) Con esto lograré que Otelo me tenga por buen amigo suyo y me agradezca y premie con liberal mano, por haberle hecho hacer papel de bestia, enloqueciéndole y privándole de sosiego. Todavía mi pensamiento vive confuso y entre sombras: que los pensamientos ruines sólo en la ejecucion se descubren del todo.

ESCENA II.

Calle.

Un PREGONERO, seguido de pueblo.

PREGONERO.

Manda nuestro general y gobernador Otelo que, sabida la destruccion completa de la armada turca, todos la celebren y se regocijen, bailando y encendiendo hogueras, ó con otra cualquier muestra de alegría que bien les pareciere. Ademas hoy celebra sus bodas. Este es el bando que me manda pregonar. Estará abierto el castillo, y puede durar libremente la fiesta desde las cinco que ahora son, hasta que suene la campana de las doce. Dios guarde á Chipre y á Otelo.