YAGO.
¿Casio? No, señor. ¿Por qué habia de huir él tan pronto, apenas os vió llegar?
OTELO.
Pues me pareció que era Casio.
DESDÉMONA.
¿Tú de vuelta, amor mio? Ahora estaba hablando con un pobre pretendiente, que se queja de tus enojos.
OTELO.
¿Quién?
DESDÉMONA.
Tu teniente Casio. Y si en algo estimas mi amor y mis caricias, óyeme benévolo. O yo no entiendo nada de fisonomías, ó Casio ha pecado más que por malicia, por ignorancia. Perdónale.