OTELO.

Este Yago es buen hombre y muy conocedor del mundo. ¡Ay, halcon mio! si yo te encontrara fiel, aunque te tuviera sujeto al corazon con garfios ó correas, te lanzaria al aire en busca de presa. ¿Quizá me estará engañando por ser yo viejo y negro, ó por no tener la cortesía y ameno trato propios de la juventud? ¿Pero qué me importa la razon? Lo cierto es que la he perdido, que me ha engañado, y que no tengo más recurso que aborrecerla. ¡Maldita boda: ser yo dueño de tan hermosa mujer pero no de su alma! Más quisiera yo ser un sapo asqueroso ó respirar la atmósfera de una cárcel, que compartir con nadie la posesion de esa mujer. Pero tal es la maldicion que pesa sobre los grandes, más infelices en esto que la plebe. Maldicion que nos amenaza, desde que comenzamos á respirar el vital aliento. Aquí viene Desdémona.

(Salen Desdémona y Emilia.)

(Aparte.) ¿Será verdad que es infiel? ¿Se burlará el cielo de sí mismo?

DESDÉMONA.

Otelo, vén: los nobles de la isla están ya congregados para el banquete.

OTELO.

¡Qué insensatez la mia!

DESDÉMONA.

¿Por qué hablas entre dientes? ¿Estás malo?