OTELO.
¡Maldicion sobre ella! Pero ¿quién negará su hermosura? ¡Y qué manos tan hábiles para la labor! ¡Qué voz para el canto! Es capaz de amansar las fieras. ¡Qué gracia, qué ingenio!
YAGO.
Eso la hace mil veces peor.
OTELO.
Sí, ¡mil veces peor! Y es, ademas, tan dulce, tan sumisa.
YAGO.
Demasiado blanda de condicion.
OTELO.
Dices verdad. Pero, á pesar de todo, amigo Yago, ¡qué dolor, qué dolor!