¡Favor! ¡Luces! ¡Un cirujano!

OTELO.

Es Casio, es Casio. ¡Oh valeroso Yago, que has sentido como propia la afrenta de un amigo, tú me muestras el camino de la venganza! ¡Adúltera mujer! Ya ha sucumbido tu amante, y se acerca tu última hora. Voy á buscarte, borrando de mi corazon hasta el último recuerdo de tus hechizos y de la luz de tus ojos. Sangre de tu torpe corazon ha de purificar nuestro lecho mancillado por tí.

(Se va.)
(Salen Ludovico y Graciano.)

CASIO.

¿Dónde está la ronda? ¿Nadie acude? ¡Favor! ¿Por qué no prendeis al asesino?

GRACIANO.

¡Oh qué desgracia! ¡Qué espanto causan en mí esas voces!

CASIO.

¡Ayuda!