Piedra.—Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras barbas que soy un bribón.

Celia.—Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.

Piedra.—Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.

Celia.—¿Y te dignarás decirme á quién aludes?

Piedra.—Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.

Celia.—Para honrarle basta el amor de mi padre. Silencio! no hables más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.

Piedra.—Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de las necedades de los discretos.

Celia.—Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los discretos ha tomado mucho vuelo.—Aquí viene Monsieur Le Beau.

(Entra Le Beau.)