Bruto.—Es muy verosímil. Padece de vértigos.
Casio.—No. César no padece de vértigos. Somos vos y yo, y el honrado Casca quienes sufrimos vértigos.
Marco Antonio ofreciendo á César la corona.
Casca.—No sé lo que queréis decir en ello; pero estoy seguro de que César cayó. Y si no es verdad que el populacho palmoteó y lo silbó, según que él le agradaba ó le desagradaba, como suele hacerlo con los actores en el teatro, decid que no soy hombre de bien.
Bruto.—¿Qué dijo cuando volvió en sí?
Casca.—Antes de caer, cuando vió aquel rebaño de populacho alegrarse de que rehusaba la corona, me pidió abrir su gola, y les ofreció el cuello para que lo cortasen. Y á fe mía si yo hubiera sido uno de ellos, le habría tomado la palabra, aunque hubiese tenido que ir al infierno entre los bribones; y así cayó. Cuando volvió en sí dijo que si había hecho ó dicho cosa fuera de camino, deseaba que sus señorías lo atribuyesen á su enfermedad. Tres o cuatro perdidos, exclamaron: «¡Ay! ¡qué alma tan buena!» y lo perdonaron de todo corazón; pero de estos no se puede hacer caso. No habrían dicho menos si César hubiese acuchillado á sus madres.
Bruto.—Y después de esto se alejó así, lleno de tristeza?
Casca.—Sí.