Corino.—Aquí viene el joven señor Ganimedes, el hermano de mi nueva ama.

(Entra Rosalinda, leyendo un papel.)

Rosalinda.—No hay desde Oriente á Poniente
joya como Rosalinda.
Do quiera lleva el ambiente
la fama de Rosalinda.
El cuadro más refulgente
negro es junto á Rosalinda.
Ni recuerde faz la mente
sino la de Rosalinda.

Piedra.—Pues yo os haré rimas por el estilo ocho años seguidos, exceptuando solamente las horas de almorzar, comer y dormir.

Rosalinda.—¡Calla, loco!

Piedra.—Va de muestra:

Si falta al ciervo una cierva
venga y busque á Rosalinda.
¿Su especie el gato conserva?
Lo mismo hará Rosalinda.
El forro el calor conserva:
otro tanto Rosalinda.
Quien siega ha de atar la yerba,
y al carro con Rosalinda.
Como en nuez dulce, se observa
corteza agria en Rosalinda.
La rosa de amor enerva
y punza, cual Rosalinda.

Este es el fastidioso martilleo de los versos. ¿Por qué os contagiáis con él?

Rosalinda.—¡Silencio, tonto! Los encontré en un árbol.