Piedra.—Á fe mía que da mal fruto.

Rosalinda.—Pues lo ingertaré contigo, que será ingertarlo con un níspero, y así será el fruto más temprano del país; porque os habréis podrido antes de estar medio maduro, que es la condición propia del níspero.

Piedra.—Eso decís; pero si cuerdamente ó no, que lo decida el bosque. (Entra Celia, leyendo un papel.)

Rosalinda.—Guardad silencio y haceos á un lado, que aquí viene mi hermana leyendo.

Celia.—¿Y habrá silencio en el desierto bosque
porque nadie lo habita?
No: que á cada árbol prestaré una lengua
que bellas cosas diga.
Una dirá cuán presto cruza el hombre
la senda de la vida,
de cuyo espacio el hueco de la mano
encierra la medida.
Y otra los olvidados juramentos
de dos almas amigas.
En las más bellas ramas y al extremo
de las mejores líneas,
grabaré embelleciendo mis sentencias
un nombre: Rosalinda.
Y cuantos lean notarán que el cielo
quiso mostrar un día
juntas en breve espacio, sus más bellas
y nobles maravillas.
Á la naturaleza dió el encargo
de un cuerpo en que se anidan
todas las gracias juntas y aumentadas;
por eso ella combina
la hermosa faz, no el corazón, de Helena:
la majestad altiva
de Clëopatra, el alma de Atalantoa,
de Lucrecia la esquiva
modestia; y con mil prendas quiso el cielo
juntar en Rosalinda
de corazones, rostros y miradas
la suprema valía.
Tan bellos dones quiso dar el cielo
á su obra favorita
para que siendo yo su esclavo siempre
rinda á sus piés mi vida.

Rosalinda.—¡Oh Dios de misericordia! ¡Y qué fastidiosa homilia de amor habéis hecho pesar sobre vuestros feligreses, sin daros la pena de decir siquiera: «¡Tened paciencia, buenas gentes!»

Celia.—¿Qué es esto? ¡Atrás, amigos! Pastor, retírate un poco: y tú, vete con él, bellaco.

Piedra.—Ven, pastor. Pongámonos en honrosa retirada, si no con carros y bagajes, al menos con zurrón y cayado. (Salen Corino y Piedra-de-toque.)

Celia.—¿Oiste esos versos?

Rosalinda.—Sí: todos ellos y aun más; porque algunos tenían más piés que los que el verso admite.