Jaques.—Allí no veré sino la mía.
Orlando.—Pues tengo para mí que si es cara de algo es la de un tonto.
Jaques.—No gastaré más palabras con vos. ¡Adios, señor don Cupido!
Orlando.—Gracias á Dios que os váis. Adios, señor don Quejumbres.
(Sale Jaques.—Celia y Rosalinda se adelantan.)
Rosalinda.—Le hablaré como un paje impertinente, y así disfrazada le haré alguna travesura. ¿Oís?
Celia.—Bien ¿qué queréis?
Rosalinda.—¿Qué hora ha dado?
Orlando.—Deberíais preguntar qué hora es, no qué hora ha sonado. No hay reloj en el bosque.
Rosalinda.—Es decir que no hay en el bosque ningún verdadero enamorado; porque á razón de suspiro por minuto y de gemido por hora, podría contar tan bien como un reloj el paso tardío del tiempo.