Jaques.—¿Qué estatura tiene?
Orlando.—La que llega hasta mi corazón.
Jaques.—Siempre tenéis bonitas respuestas. ¿No habéis tenido amistad con esposas de joyeros, y habéis aprendido esas respuestas en las inscripciones de las sortijas?
Orlando.—Nada de eso. Os respondo como las telas pintadas, en las cuales habéis estudiado las preguntas.
Jaques.—Tenéis el ingenio muy vivo. Parece que le hubieran sacado de los piés de Atalante. ¿Queréis que nos sentemos juntos? Echaremos pestes contra nuestras amadas, el mundo y todas nuestras desdichas.
Orlando.—No murmuraré de alma viviente en el mundo, sino de mí mismo, que es en quien más defectos advierto.
Jaques.—El peor que tenéis es estar enamorado.
Orlando.—Pues no cambiaría tal defecto por la mejor de vuestras virtudes. Ya me habéis cansado.
Jaques.—Á fe mía que andaba en busca de un necio cuando dí con vos.
Orlando.—Se había ahogado en el arroyo. Si os asomáis al agua le veréis la cara.