Tomasa.—¡Qué! ¿No me querríais honrada?
Piedra.—Es claro que no; á menos que fueses muy fea; porque añadir la honradez á la belleza, es como endulzar el azúcar añadiéndole miel.
Jaques.—(Aparte.)—¡Un idiota consumado!
Tomasa.—Bien. No soy hermosa, y por lo mismo ruego á los dioses que me conserven honrada.
Piedra.—En verdad, prodigar la honradez en una fregona pestífera, sería poner un manjar sabroso en un plato sucio.
Tomasa.—Aunque fea, no soy, á Dios gracias, una mujer de esa clase.
Piedra.—Bueno: demos gracias á Dios por tu fealdad. Lo demás vendrá con el tiempo. Pero sea de ello lo que fuere, me casaré contigo; y con tal fin me he visto con D. Oliverio Dañatextos, cura de la aldea vecina.—Me ha prometido venir á este sitio del bosque y unirnos.
Jaques. (Aparte.)—Ya querría yo ver esta entrevista.
Tomasa.—Bien, y que los dioses nos dén regocijo.
Piedra.—Amen. Un hombre de corazón apocado vacilaría antes de acometer la empresa; porque aquí no tenemos más templo que el bosque, ni más congregación que los animales de cuernos. Pero ¿y qué? ¡Valor! Por odiosos que sean, los cuernos son necesarios. Suele decirse que muchos ricos no saben todo lo que tienen.—Exacto.—Y muchos hombres tienen buenos cuernos y nunca sabrán cuántos, ni cuáles serán los últimos. Bien: es la dote que le da la mujer; no es cosa que él mismo ha traído al matrimonio. ¿Cuernos? Ni más ni menos. ¿Y sólo para los pobres? No: no. El más noble ciervo los tiene tan desmesurados como el plebeyo. ¿Es acaso feliz por eso el soltero? No: pues así como vale más una ciudad amurallada que una aldea, así la frente del marido es más honorable que la frente desnuda del soltero; y así como es más valiosa la defensa que la impericia, así es también más precioso en igual grado tener un buen cuerno que necesitarlo. (Entra Oliverio Dañatextos.) Aquí viene el señor Oliverio Dañatextos. Mucho me alegro de veros, señor. ¿Queréis despacharnos aquí, á la sombra de este árbol, ó deberemos ir con vos á vuestra capilla?