Oliverio.—¿No hay alguien aquí para servir de padrino á la novia y entregarla?

Piedra.—No la tomara yo como dádiva de hombre alguno.

Oliverio.—Pero si no es dada la novia, el matrimonio no es legítimo.

Jaques. (Presentándose.).—Continuad: yo la daré.

Piedra.—Buenas tardes, señor de....... Cómo os llamáis? ¿Qué tal os va? Me alegro mucho de encontraros. Dios os premie por vuestra última visita. Tengo sumo placer en veros. ¿Tenéis aún esa friolera en la mano? Vamos, cubríos, os ruego.

Jaques.—¿Os queréis casar, bufón?

Piedra.—Como tienen el buey su yugo, el caballo su brida y el halcón sus cascabeles, así tiene el hombre sus deseos; y como se arrullan las palomitas, así quiere el matrimonio andar picoteando.

Jaques.—¿Y es posible que un hombre de vuestra condición se case á escondidas como un pordiosero? Id al templo y tomad un buen sacerdote que os pueda decir lo que es el matrimonio: este mozo no hará más que juntaros como dos piezas de ensambladura; y luego uno de vosotros empezará á encogerse, como madera verde, y al fin todo quedará torcido.

Piedra.—(Aparte.)—Pues me inclino más á que me case este que otro; porque no tiene trazas de casarme en regla; y no siendo en regla el casamiento, ya tendré más tarde una buena excusa para dejar plantada á mi mujer.

Jaques.—Venid conmigo, y dejad que os aconseje.