Piedra.—Ven, dulce Tomasa. Hemos de casarnos, ó viviremos á salto de mata.

No: ¡Oh digno Oliverio!
¡Oh bravo Oliverio!
No me dejes atrás!
Pero; Velas y buen viento
Márchate al momento.
No me cases jamás.

(Salen Jaques, Piedra y Tomasa.)

Oliverio.—No importa.—Nunca me desviará de mi vocación ninguno de estos antojadizos bellacos.

(Sale.)

ESCENA IV.

La misma. Delante de una casa de campo.

Entran ROSALINDA y CELIA.

Rosalinda.—No me digas palabra; romperé en llanto.

Celia.—Hazlo, te ruego; pero ten la bondad de considerar que no sientan bien las lágrimas á un hombre.