Rosalinda.—¿Pero no tengo motivo para llorar?
Celia.—Tanto como se puede desear.—Así, pues, llora.
Rosalinda.—Hasta su cabello es del color de la falsedad.
Celia.—Un poco más oscuro que el de Judas; y á fe que sus besos son nietos legítimos de los de éste.
Rosalinda.—Por cierto, tiene el cabello de bonito color.
Celia.—Excelente.—No hay color como tu castaño.
Rosalinda.—Y tiene un modo de besar tan casto, como el contacto del pan bendito.
Celia.—Ha comprado un par de labios fundidos en el molde de los de Diana.—Una monja de la hermandad del invierno no pondría en sus besos compunción más edificante.—Hay en ellos una castidad de hielo.
Rosalinda.—Pero ¿por qué juró venir esta mañana y no viene?
Celia.—Lo cierto es que no hay verdad en él.