Rosalinda.—Por esta mano protesto que no podría matar un mosquito. Pero vamos; seré vuestra Rosalinda en más accesible temperamento y pedidme lo que queráis que os lo concederé.

Orlando.—Pues amadme, Rosalinda.

Rosalinda.—Sí, á fe mía que sí, los viernes y los sábados y todo lo demás.

Orlando.—¿Y quieres que sea tuyo?

Rosalinda.—Por cierto, y veinte por el estilo.

Orlando.—¿Qué dices?

Rosalinda.—¿No eres bueno?

Orlando.—Deseo serlo.

Rosalinda.—Pues entonces, ¿no se puede desear de lo bueno lo más? Ea! hermana! Vos seréis el sacerdote y nos casaréis. Orlando, dadme vuestra mano. ¿Qué decís, hermana?