Antífolo.—¿Quieres que te diga por qué?
Dromio.—Sí, señor, el por qué. Pues dícese que todo por qué tiene su por qué.
Antífolo.—Desde luégo, porque has osado burlarte de mí. ¿Y por qué todavía? Por haber venido á burlarte una segunda vez.
Dromio.—¿Se ha golpeado alguna vez á un hombre tan mal á propósito, cuando en el por qué y en el por qué no hay concordancia ni razón?—Vamos, señor, os doy gracias.
Antífolo.—Me das gracias, y á propósito ¿de qué?
Dromio.—¡Ah! señor, porque me habéis dado algo por nada.
Antífolo.—Te lo pagaré pronto, dándote nada por algo.—Pero dime, ¿es la hora de comer?
Dromio.—No, señor; creo que á la comida le falta de lo que yo tengo.
Antífolo.—Vamos, ¿de qué?
Dromio.—De salsa.