Antífolo.—¡Oh! señor Baltasar, sea carne ó pescado, una mesa llena de buena acogida hace parecer pobre el plato más exquisito.

Baltasar.—La buena vianda es común, señor; se encuentra hasta en la mesa de todos los rústicos.

Antífolo.—Y una buena acogida es aún más común; porque no es nada sino palabras.

Baltasar.—Mesa parca y buena acogida hacen una alegre fiesta.

Antífolo.—Sí, para un huésped avaro y un convidado aún más mezquino. Pero, aunque mis provisiones sean exiguas, aceptadlas de buena gracia: podéis encontrar mejor festín, pero no ofrecido más de corazón.—Pero despacio, mi puerta está cerrada. (Á Dromio.) Vé á decir que se nos abra.

Dromio.—(Llamando.) Hola, Magdalena, Brígida, Mariana, Cecilia, Giulieta, Juana.

Dromio de Siracusa.—(Dentro.) Silencio, caballo de noria, capón, gañán, idiota! Aléjate de la puerta ó siéntate en el umbral. ¿Andas reclutando mozas que así llamas tal surtido de ellas, cuando con una sola hay ya una de más? Vamos, vete de esta puerta.

Dromio de Éfeso.—¿Qué belitre nos han dado de portero?—Mi amo espera en la calle.

Dromio de Siracusa.—Que se marche por donde vino, no sea que coja frío en los piés.

Antífolo de Éfeso.—¿Quién habla ahí dentro? ¡Hola! abrid la puerta.