Dromio de Siracusa.—Bien, señor; os diré el cuándo si me decís para qué!
Antífolo de Éfeso.—¿Para qué? Para sentarme á comer; no he comido hoy.
Dromio de Siracusa.—Ni comeréis hoy aquí; volved cuando podáis.
Antífolo de Éfeso.—¿Quién eres para cerrarme la puerta de mi casa?
Dromio de Siracusa.—Soy portero por el momento, señor, y mi nombre es Dromio.
Dromio de Éfeso.—¡Ah! bandido! me has robado á la vez mi empleo y mi nombre. El uno no me ha dado jamás honra y el otro me ha traído amargos reproches. Si hubieses sido Dromio hoy y hubieses estado en mi lugar, habrías cambiado con gusto tu facha por un nombre, ó tu nombre por un asno.
Lucía.—(Del interior de la casa.) ¿Qué barullo es ese? ¿Dromio, qué gente es esa que está en la puerta?
Dromio de Éfeso.—Lucía, haz entrar á mi amo.
Lucía.—No, ciertamente: viene demasiado tarde; puedes decírselo á tu amo.
Dromio de Éfeso.—¡Santo Dios! Es necesario que ría.—Á vos el proverbio. ¿Debo colocar mi bastón?