Angelo.—He aquí los gastos. Prendedle, señor oficial... No perdonaría á mi hermano en semejante caso, si me insultaba con tanto desprecio.
El oficial.—Os prendo, señor; oís la requisición.
Antífolo de Éfeso.—Te obedezco, hasta que te dé caución. (A Angelo.) Bribón, me pagarás esta broma con todo el oro que puede haber en tu tienda.
Angelo.—Señor, no dudo que obtendré justicia en Éfeso, para vergüenza vuestra.
(Entra Dromio de Siracusa.)
Dromio.—Señor, hay una barca de Epidauro que no espera sino que llegue á bordo el armador, y se dará á la vela en seguida. He embarcado nuestro equipaje; he comprado aceite, bálsamo y aguardiente. El navío está aparejado; un buen viento sopla alegremente de tierra y no se espera sino al armador y á vos, señor.
Antífolo de Éfeso.—¡Qué! ¿Te has vuelto loco? ¿Qué quieres decir, imbécil? ¿Qué barco de Epidamno me espera á mí, pícaro?
Dromio.—El barco al cual me habéis enviado para tomar nuestro pasaje.
Antífolo de Éfeso.—Esclavo ebrio, te he enviado á buscar una soga, y te he dicho para qué y lo qué quería hacer con ella.