Dromio.—Es como si dijerais que me habíais enviado á ahorcarme. Me habéis enviado á la bahía, señor, á buscar un buque.

Antífolo de Éfeso.—Examinaré este asunto más despacio y enseñaré á tus orejas á escucharme con más atención. Vé, pues, derecho á casa de Adriana, pillo, dale esta llave y dile que en el pupitre que está cubierto con una alfombra de Turquía, hay una bolsa llena de ducados; que me la mande; dile que me han prendido en la calle y que este dinero será una caución: corre pronto, esclavo: parte. Vamos, oficial, os sigo á la cárcel, hasta que vuelva el criado. (Salen.)

Dromio (solo).—¡Á casa de Adriana! Quiere decir á casa de aquella donde hemos comido, donde Dulcebella me ha reclamado por marido: es demasiado gorda para que yo alcance á abrazarla; pero es preciso que vaya, aunque contra mi voluntad: pues es necesario que los criados ejecuten las órdenes de sus amos.

(Sale.)

ESCENA II.

La escena pasa en la casa de Antífolo de Éfeso.

ADRIANA y LUCIANA.

Adriana.—¿Cómo, Luciana, te ha tentado hasta este punto? ¿Has podido leer cuidadosamente en sus ojos si sus exigencias eran serias ó no? ¿Estaba colorado ó pálido, triste ó alegre? ¿Qué observaciones has hecho en ese instante sobre los meteoros de su corazón que chispeaban en su rostro?

Luciana.—Desde luégo, ha negado que tuviéseis derecho alguno sobre él.

Adriana.—Quería decir que él obraba como si yo no tuviera ninguno. Por esto mismo estoy aún más indignada.