Luciana.—Y yo soy testigo de que se la entregó.

Dromio.—Dios y el cordelero me son testigos de que no se me ha mandado á buscar otra cosa que un pedazo de soga.

Pinch.—Señora, el amo y el criado están poseídos ambos. Lo veo en sus semblantes pálidos y cadavéricos. Es necesario atarlos y ponerlos en algún cuarto oscuro.

Antífolo.—Responded; ¿por qué me habéis cerrado la puerta hoy? Y tú, (á Dromio) ¿por qué niegas la bolsa de oro que te han dado?

Adriana.—Mi buen esposo, no os he cerrado la puerta.

Dromio.—Y yo, querido amo, no he recibido oro; pero confieso, señor, que sí os han cerrado la puerta.

Adriana.—¡Hipócrita villano, dices una doble mentira!

Antífolo.—Prostituta hipócrita, mientes en todo; y has hecho liga con una banda de forajidos para llenarme de afrentas y desprecio; pero, con estas uñas arrancaré tus pérfidos ojos, que se complacen en verme en tal ignominia. (Pinch y su gente amarran á Antífolo y Dromio de Éfeso.)

Adriana.—¡Oh! ¡Amarradle, amarradle; que no se acerque á mí!

Pinch.—¡Más gente! El demonio que lo posee es fuerte.