Dromio.—Cierto, lo ha hecho: la vestal de la cocina os ha rechazado injuriosamente.

Antífolo.—¿Y no me he ido todo enagenado de ira?

Dromio.—En verdad, nada más cierto: mis huesos son testigos de ello, que han sentido desde entonces toda la fuerza de esta rabia.

Adriana.—(A Dromio.) ¿Es bueno darle razón en sus contradicciones?

Pinch.—No hay mal en eso: este mozo conoce su humor y cediendo le lisonjea en su frenesí.

Antífolo.—Has conquistado al platero para hacerme prender.

Adriana.—¡Ay! al contrario: os he mandado dinero para rescataros, por mano de Dromio que, vedle aquí, había corrido á buscarle.

Dromio.—¿Dinero? ¿Por mi mano? Buen corazón y buena voluntad, podría ser; pero ciertamente, mi amo, ni una partícula de dinero.

Antífolo.—¿No has ido á encontrarla para pedirle una bolsa de ducados?

Adriana.—Ha venido y se la he entregado.