Dromio.—¿Queréis, pues, que os amarren por nada? Sed loco, amo; gritad, el diablo...

Luciana.—¡Dios les asista, pobres almas! ¡Cómo desvarían!

Adriana.—Vamos, sacadle de aquí. Venid conmigo, hermana. (Salen Pinch, Antífolo, Dromio, etc.—Al oficial.) Decidme, ahora, ¿á requisición de quién está preso?

El oficial.—Sobre la demanda de un tal Angelo, un platero. ¿Le conocéis?

Adriana.—Le conozco. ¿Qué cantidad le debe?

El oficial.—Doscientos ducados.

Adriana.—¿Y por qué se los debe?

El oficial.—Es el valor de una cadena que vuestro esposo ha recibido de él.

Adriana.—Había encargado una cadena para mí, pero no se le ha entregado.

La cortesana.—Cuando vuestro esposo, todo enfurecido, vino hoy á mi casa, se llevó mi sortija, que he visto en su dedo, hace poco, y momentos después le he encontrado con mi cadena.