Adriana.—Eso puede muy bien ser; pero no la he visto nunca. Venid, alcaide, conducidme á casa del platero. Estoy impaciente por saber la verdad de esto con todos sus detalles. (Entran Antífolo de Siracusa con la espada desnuda y Dromio de Siracusa.)

Luciana.—¡Oh Dios, tened piedad de nosotros! ¡Heles aquí de nuevo en libertad!

Adriana.—¡Y vienen con la espada desnuda! ¡Pidamos socorro, para hacerlos amarrar de nuevo!

El oficial.—Escapémonos; nos matarían.

(Huyen.)

Antífolo.—Veo que estas brujas tienen miedo de las espadas.

Dromio.—La que quería ser vuestra esposa ahora poco, os huye ahora.

Antífolo.—Vamos al Centauro. Saquemos nuestros equipajes; no veo la hora de estar sano y salvo á bordo.

Dromio.—No, quedaos aquí esta noche; seguramente no se nos hará mal alguno. Véis que se nos habla amistosamente, que se nos ha dado oro; me parece que son unas buenas gentes; y sin esta montaña de carne loca, que me reclama para el matrimonio, me sentiría con bastante ganas de quedarme aquí siempre, y de hacerme brujo.