La abadesa.—Deberíais haberle amonestado por ello.

Adriana.—Por cierto, lo he hecho.

La abadesa.—Quizás con escasa energía.

Adriana.—Con tanta como me lo permitía el pudor.

La abadesa.—Quizás en particular.

Adriana.—Y en público también.

La abadesa.—Sí, pero no lo suficiente.

Adriana.—Era el tema de todas nuestras conversaciones; en la cama, no podía él dormir, por lo mucho que de ello le hablaba. En la mesa, no podía comer por lo mucho que de ello le hablaba. Á solas, era el objeto de mis reconvenciones. En sociedad, aludía yo frecuentemente á ello, y aun le decía cuán malo y vergonzoso era.

La abadesa.—Y de ahí ha sucedido que este hombre se ha vuelto loco. Los clamores emponzoñados de una mujer celosa son un veneno más mortífero que el diente de un perro rabioso.—Parece que su sueño era interrumpido por tus querellas; he ahí lo que ha debilitado su cabeza. Dices que las comidas eran sazonadas con tus reproches; las comidas perturbadas hacen las malas digestiones, de donde nacen el fuego y el delirio de la fiebre. ¡Y qué cosa es la fiebre, sino un acceso de locura!—Dices que tu vehemencia ha interrumpido sus pasatiempos. Privando al hombre de una dulce recreación, ¿qué ha de venir? Una acerba y triste melancolía, análoga á la feroz é inconsolable desesperación; y en seguida una grande é infecta multitud de enfermedades, enemigas de la existencia.—Ser perturbado en sus alimentos, en su recreo, en el sueño conservador de la vida, bastaría para hacer que se volvieran locos hombres y bestias. La consecuencia es, pues, que vuestros accesos de celos son los que han privado á vuestro esposo del uso de su razón.