Adriana.—(Corriendo.) Parad, no le hiráis; por el amor de Dios! Está loco. Que alguien se apodere de él; quitadle la espada. Atad á Dromio también, y conducidles á mi casa.

Dromio.—Huyamos, amo mío, huyamos; en nombre de Dios, entrad en alguna casa. He aquí una especie de convento: entremos, ó estamos perdidos. (Antífolo de Siracusa y Dromio entran en el convento: se presenta la abadesa.)

La abadesa.—Silencio, buenas gentes: ¿por qué os agrupáis aquí?

Adriana.—Vengo á llevar de aquí á mi pobre esposo que está loco. Entremos á fin de que podamos atarle con firmeza y conducirle á casa para que se cure.

Angelo.—Bien veía yo que no estaba en su entero juicio.

El mercader.—Me pesa ahora haber sacado la espada contra él.

La abadesa.—¿Desde cuándo está así poseído?

Adriana.—Toda esta semana ha estado melancólico, sombrío y triste; bien diferente de lo que era siempre; pero hasta este medio día, su enfermedad no había jamás estallado en tal extremo de rabia.

La abadesa.—¿No ha sufrido grandes pérdidas en un naufragio? ¿Ó enterrado algún amigo querido? ¿Sus ojos no han extraviado á su corazón en un amor ilegítimo? Es un pecado muy común en los jóvenes, quienes dan á sus ojos la libertad de verlo todo. ¿Á cuál de estos accidentes ha solido estar sujeto?

Adriana.—Á ninguno, si no es el último. Quiero decir, algún amorío que le alejaba frecuentemente de su casa.